Archivos Mensuales: julio 2012

Capítulo 6

Pulsaciones

Las pulsaciones de mi corazón aumentaron. Los pelos se me erizaron y noté que el sudor me bajaba de la frente.
El ruso se aclaró la voz.
– Tienes suerte, hoy comeremos con los restos de tu amigo.
El soviético hizo una breve pausa.
– Mañana te tocará a ti, prepárate.
El ruso se levantó y abandonó aquella sala. Me quedé sólo en la habitación. Escuché que fuera de la estancia el ruso hablaba con un compañero suyo. Seguramente para vigilar la habitación. Para que no me escapara.
Abrí los ojos y pude ver que a mi izquierda, dónde antes estaba el militar, sólo quedaba una silla ensangrentada. Y lo peor de todo, su cabeza estaba en el suelo. Giré la cabeza, no pude ver más aquella horrible demostración de anatomía brusca.
Pensé que debería salir de allí, tenía que volver a vez al ruso, pero esta vez él sería la víctima. Debería vengarme en el nombre de Fred.
Pero, debería salir, ¿cómo lo haría?, ya no estaba Fred para rescatarme, ahora me tocaba a mí. Tenía que ser fuerte. Tenía que salir de allí. Estaba convencido que mataría al ruso.
Contemplé mi derecha, había un armario. No sabía que podría haber allí dentro. Pero lo primero que pensé fue quitarme las ataduras de las manos. No podría coger nada. Tendría que buscar otra solución.
Vi que en la estancia había una esquina que sobresalía de la pared, un pico puntiagudo. Podría rasgar la cuerda y podría liberarme, después buscaría en ese armario algo para quitarme las ataduras de los pies.
Me impulsé hacia atrás y di un salto, la silla se movió. No se escuchó lo suficiente para que el vigilante soviético se diese cuenta de lo que hacía.
Di varios saltos y al final llegué a aquel pico. Me di la vuelta y empecé a rasgar la cuerda contra la esquina. Arriba, abajo, arriba, abajo,…
Tras varios minutos la cuerda se rasgó y pude liberarme de las ataduras de las manos. Pero, aún me faltaban las de los pies, que estaba atada a la silla.
Apreté mis manos y la sangre volvió a circular más rápido por ellas. Me quité el esparadrapo y respiré profundamente.
Ya me quedaba poco para acabar con mi amigo el ruso. Estaba pensando cómo lo haría. Lo torturaría cómo él lo había hecho, o sería una muerte rápida. Todo a su momento.
Di otros saltos y me encontré frente al armario. Alcé el brazo y giré el pomo. La puerta chirrió y se abrió. Dentro había un espejo roto, había cristales por todas partes.
Cogí un pequeño cristal y empecé a rasgar la cuerda.
Al final me levanté, pero sentí un dolor en el pecho y me volví a sentar. Me levanté la camiseta, tenía una hemorragia en el pecho, no paraba de sangrar, tenía que hacer algo para que no perdiera tanta sangre.
Cogí un trozo de cristal y empecé a rasgarme los bajos del pantalón. Serviría cómo una gasa, frenaría que fluyera más sangre.
Al terminar, posé el trozo de pantalón sobre mi pecho. Noté que la sangre se ralentizaba mientras chocaba contra la artificial venda que me había puesto.
Respiré profundamente, ahora tenía que salir de allí, y había otro ruso fuera. Tenía que hacerlo. No quería morir, ya tuve la sensación otras veces, pero esta vez sabía que en esta situación no iba a fallecer. Sabía que me vengaría de aquel ruso. Él sufriría, yo disfrutaría.
En el nombre de Fred. Ahora me tocaba a mí…

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Capítulo 5

La muerte y su verdugo

El ruso se guardó el rublo.
Vi que en la cara del militar no había miedo, tampoco satisfacción, ni tristeza. Había desprecio hacia el pequeño ruso.
– Por dónde empezamos, ¿eh? , vamos a haber que dices.
Se acercó al militar y le quitó el esparadrapo.
– Por dónde.
– ¡Qué te jodan!
– Empezaremos por el estómago, será una muerte lenta. Tú lo has decidido.
 El pequeño ruso empuñó con fuerza la navaja automática y pulsó un botón con el pulgar. El cuchillo plegable se abrió y el ruso se lo enseñó a Fred.
– Te dolerá un poco.
Entonces, el ruso le clavó la daga en el estómago. El militar soltó un gemido. El soviético se rió.
– Creo que esta noche comeremos muy bien.
Solté unas lágrimas al ver cómo sufría mi amigo, el militar. Le miré y vi que se desvanecía. De su boca fluía sangre y su cara se volvió blanca.
De repente, el militar se desmayó. El ruso lo miró y le dio varios golpes para despertarlo.
– No te desmayes, aún no hemos acabado contigo.
Posteriormente, el ruso tosió sangre y se despertó.
– ¡Mátame! – le gritó Fred – ¡Hazlo ya!
El soviético esbozó otra sonrisa.
– Creo que eso no será posible.
Yo no pude ver lo que sucedía a continuación, por qué no quería ver sufrir a mi compañero. Pero sé que el ruso lo abrió en canal. Oí varios gritos, posiblemente, fuera mi amigo.
Entonces, tras varios minutos de tortura, el ruso dijo:
– Matadlo ya, ha sufrido mucho.
Inesperadamente, oí el silbido de un hacha. Me pareció estar en el cuarto en el que había estado antes. El militar mataba No Muertos, cortándoles sus cabezas. Pero, esta vez la víctima era Fred.
Oí cómo algo cayó al suelo y escuché cómo hablaban los rusos entre sí. Percibí que se llevaban algo. De repente, oí pasos que se dirigían hacia mí. Entonces, supe que me tocaba a mí. Iba a morir torturado por un caníbal. No me lo podía creer. Si me hubieran dicho hace unos años que iba a morir por un antropófago, no me lo hubiera creído. Pero ahora que sólo me faltaban unos minutos para morir y esta vez sí me lo creía.
Noté cómo unas manos se posaban sobre mis muslos y alguien se aclaraba la voz. Era el pequeño ruso.
“¡No, por favor! ” me grité.
Ahora no estaba el militar, no habían nadie que pudiera salvarme de aquella situación. Era hombre muerto. Me iban a torturar. Iban a comerse mis huesos, mis órganos…

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