Capítulo 5

La muerte y su verdugo

El ruso se guardó el rublo.
Vi que en la cara del militar no había miedo, tampoco satisfacción, ni tristeza. Había desprecio hacia el pequeño ruso.
– Por dónde empezamos, ¿eh? , vamos a haber que dices.
Se acercó al militar y le quitó el esparadrapo.
– Por dónde.
– ¡Qué te jodan!
– Empezaremos por el estómago, será una muerte lenta. Tú lo has decidido.
 El pequeño ruso empuñó con fuerza la navaja automática y pulsó un botón con el pulgar. El cuchillo plegable se abrió y el ruso se lo enseñó a Fred.
– Te dolerá un poco.
Entonces, el ruso le clavó la daga en el estómago. El militar soltó un gemido. El soviético se rió.
– Creo que esta noche comeremos muy bien.
Solté unas lágrimas al ver cómo sufría mi amigo, el militar. Le miré y vi que se desvanecía. De su boca fluía sangre y su cara se volvió blanca.
De repente, el militar se desmayó. El ruso lo miró y le dio varios golpes para despertarlo.
– No te desmayes, aún no hemos acabado contigo.
Posteriormente, el ruso tosió sangre y se despertó.
– ¡Mátame! – le gritó Fred – ¡Hazlo ya!
El soviético esbozó otra sonrisa.
– Creo que eso no será posible.
Yo no pude ver lo que sucedía a continuación, por qué no quería ver sufrir a mi compañero. Pero sé que el ruso lo abrió en canal. Oí varios gritos, posiblemente, fuera mi amigo.
Entonces, tras varios minutos de tortura, el ruso dijo:
– Matadlo ya, ha sufrido mucho.
Inesperadamente, oí el silbido de un hacha. Me pareció estar en el cuarto en el que había estado antes. El militar mataba No Muertos, cortándoles sus cabezas. Pero, esta vez la víctima era Fred.
Oí cómo algo cayó al suelo y escuché cómo hablaban los rusos entre sí. Percibí que se llevaban algo. De repente, oí pasos que se dirigían hacia mí. Entonces, supe que me tocaba a mí. Iba a morir torturado por un caníbal. No me lo podía creer. Si me hubieran dicho hace unos años que iba a morir por un antropófago, no me lo hubiera creído. Pero ahora que sólo me faltaban unos minutos para morir y esta vez sí me lo creía.
Noté cómo unas manos se posaban sobre mis muslos y alguien se aclaraba la voz. Era el pequeño ruso.
“¡No, por favor! ” me grité.
Ahora no estaba el militar, no habían nadie que pudiera salvarme de aquella situación. Era hombre muerto. Me iban a torturar. Iban a comerse mis huesos, mis órganos…

Publicado el julio 1, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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