Capítulo 4

Nudos

Me desperté en un cuarto, a oscuras. Estaba sentado en una silla, atado a ella por los pies y los brazos, puestos en mi espalda, atados. La boca la tenía tapada por esparadrapo, me impedía hablar y las ataduras impedían que me moviera.
No sabía cómo había llegado allí, sólo sabía que algo me atravesaba el la parte superior de mi cuerpo y me desvanecía nada más recibirlo. Después oí voces y me movieron.
Noté que me dolía el pecho, la camiseta se estaba empapando de un fluido. Entonces, descubrí que era sangre. Seguramente, lo que me atravesó fue una bala.
¿Quién lo habría hecho? ¿Por qué? ¿Qué le habría pasado a Fred? No sabía la respuesta para esas preguntas pero sabía que pronto lo haría.
Intenté desatarme de aquellas ataduras, pero comprendí que era imposible.
De repente, escuché pasos fuera del cuarto dónde estaba. Oí voces. Cada vez estaban más cerca.
Una puerta se abrió y la luz que provenía de ella me cegó. Pude ver que varias figuras entraban en la habitación. Encendieron la luz del cuarto y tras varios segundos me adapté a la cegadora luz.
Vi que un hombre, rubio, bajito y delgado, se acercaba a mí, sostenía un cuchillo en su mano derecha.
– Hola – me dijo – ¿Cómo estás?
Me moví para quitarme de aquella silla pero no conseguí nada.
– Bien, ¿no?
El hombre apretó con fuerzas la navaja.
– Sabes, hace mucho tiempo que no encontramos comida, estamos hambrientos, sabrás que si no encontramos comida moriríamos, ¿no?
El hombre tenía acento ruso. Hizo una breve pausa y miró a sus compañeros que estaban detrás mirándole. Seguramente, él sería el jefe.
– Sí, lo sabrás. Sin comida moriríamos.
Me moví otra vez.
– Pero mis amigos y yo hemos encontrado una manera para solucionarlo. Puede que te parezca y un poco brusca, pero si te digo la verdad nos gusta mucho esa alimentación. ¿Sabes cuál es?
Me quedé mirando al pequeño ruso.
– No. Pues comemos… humanos. Tú y tu amigo seréis nuestra comida.
No pude cómo esos hombres podían comerse a los de su misma raza, humanos.
– Vamos a ver, por dónde empezamos. Por ti y por el grandote.
El ruso me señaló algo a mi izquierda. Giré la cabeza y pude ver que allí estaba Fred. Atado cómo yo. El militar tenía varias heridas en la cara, seguramente no podrían haber conseguido desmayarlo con una sola bala, tuvieron que pegarle para traerlo aquí. Fred miraba al ruso, este le devolvió la mirada.
– ¿Cómo lo hacemos para elegir? ¿Tú primero? ¿Tu amigo primero?
Entonces el ruso sacó una moneda de su bolsillo.
– Cara ,tú, cruz ,el grandote. ¿Vale? Al que lo toqué su parte de la moneda será el primero.
El ruso se rió y lanzó la moneda al aire. Para mí ese segundo pasó lentamente, pude ver la cara del ruso, que se preparaba para sacrificar a su siguiente víctima. Las caras de sus amigos vislumbraban alegría. Y pude ver la cara del militar que miraba la trayectoria de la moneda al girar.
“¿Podría tener miedo Fred?” me pregunté.
Yo sí lo tenía, de todas maneras moriría en poco tiempo.
La moneda cayó en la mano del ruso y la vió. Sonrió una vez más y vi en ella satisfacción.
– Cruz…

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Publicado el junio 28, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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