PRÓLOGO

El primer brote

Sergei Pozlov cogió la rampa de acceso al aparcamiento del hospital. Había pocos coches, ya que eran las ocho y cuarto de la mañana, era sábado; tanto los vagabundos y la gente que no trabajaba esos días, aún dormían y roncaban. Plozlov, metió su ticket en la máquina, está la analizó, y la sacó. El ruso, la cogió, y la puso en el asiento del copiloto. La barrera de seguridad se elevó y el Nissan Qashqai blanco aceleró y pasó bajo ella. Al pasar, la barrera bajó y esperó al siguiente coche.
Vivía en una ciudad cercana a Rusia, donde residía con su esposa, Olga, y con su hija, Tatiana, de tres años. Trabajaba en el hospital de Moscú como médico. La verdad sea dicha,  es que había tenido mucha suerte (lo sabía) al haber conseguido un puesto en unos de los hospitales más importantes de Rusia. Y sobre todo, había tenido suerte por haberlo conseguido sin ningún contacto o recomendación. Obtuvo su carrera con muy buena  calificación y por ello le habían ofrecido varios puestos en distintos hospitales, pero él  rechazó todas las ofertas y aceptó, sin creérselo, la plaza del hospital de Moscú.
En la entrevista, sin muchas esperanzas, respondió a todas y cada una de las preguntas, lo mejor que él pudo,y  para su sorpresa, lo eligieron y lo contrataron.
Por aquel entonces tenía 29 años, era un tipo simpático, honrado, agradable y un gran amante de su profesión.
Sergei giró a la derecha y bajó otra rampa con el coche. Tras llegar a la segunda planta subterránea, aparcó el Nissan, salió del coche, se dirigió hacia la puerta del personal del hospital y tocó un timbre.
Una voz salió de entre las rejillas.
– ¿Quién es? – preguntó Olga.
– Buenos días, Olga, soy Sergei. ¿Puede abrirme?
– Sí, doctor Pozlov.
La puerta se abrió y Sergei entró. Segundos después la puerta se cerró. Sergei se acercó y pulsó el botón del ascensor. El doctor esperó, hasta que se abrió. Entró y pulsó el botón de la segunda planta. La puerta se cerró. Pozlov, escuchó una melodía, de apenas tres notas, que se repetía constantemente. Era un piano y de fondo se percibía el sonido de un harpa.
“Otra vez la misma melodía”.
Cuando llegó a la segunda planta, se dirigió a su consulta. Avanzó por el pasillo parsimoniosamente, mientras escuchaba en su cabeza la misma melodía que había oído segundos antes en el ascensor. ¡Qué hastío!
Llegó a su consulta, se quitó la chaqueta de cuero marrón, la colgó en el perchero y se puso su bata blanca. Se sentó en su cómoda silla giratoria y cuando iba a encender el ordenador, llamaron a su puerta.
– ¿Quién es? – preguntó.
– Soy Dmitri, doctor, ¿Puedo pasar?
– Sí, claro.
Dmitri abrió la puerta.
– Sergei, hay un hombre muy grave, en la sala de urgencias, ha enfermado.
– ¿Qué le pasa? – preguntó Sergei, mientras lo contemplaba por detrás de sus lentes de cristal.
– No lo sabemos doctor, venga, por favor. Está muy grave.
Sergei se levantó rápidamente.
– Acompáñeme, señor.
Dmitri empezó a avanzar por el pasillo, detrás de él iba Pozlov.
– ¿Cuáles son sus síntomas?
Dmitri se limpió el sudor de la frente, con la manga de la camisa.
– Pues… el paciente tiene fiebre, vomita de vez en cuando, tiene hambre, sus capacidades motrices han desparecido, eh… no se comunica bien y tiene hemorragias en casi todas las partes de su cuerpo.
– ¿Cuánto tiempo lleva así?
– Cuando llegó dijo que se sentía mal…
El doctor, notó que en las palabras de Dmitri, había un tanto de miedo.
– Vale.
Los hombres abrieron la puerta. Dentro había una enfermera, al verlos entrar, se giró y les mostró un electrocardiograma que tenía en la mano.
– Dmitri, tengo malas noticias, mire, el paciente acaba de entrar en coma.
Dmitri observa el electrocardiograma.
– Es imposible – dijo Dmitri, que le devolvió el electrocardiograma.
– Ya sé que lo es Dmitri, no sé lo que le pasa a este hombre, Sergei, usted puede acercarse a él y observarle y decirnos que le pasa.
– Sí.
El doctor se acercó al paciente, era un hombre, de unos treinta y pocos años, rubio, corpulento y alto y efectivamente presentaba todos los síntomas expuestos anteriormente. Pero, había una cosa que el enfermero había obviado, sus manos se estaban volviendo de un color violeta y sus venas se volvían negras. Sergei le tomó el pulso en el cuello y también lo hizo también en la mano. Cuando terminó miró a sus compañeros, a Dmitri y a la enfermera.
– Ha muerto – dijo Sergei.
El doctor se incorporó y se acercó a ellos.
– Llamad a su familia y decirles que está muerto, también lleváoslos al depósito de cadáveres y que el forense le haga una autopsia para analizar de qué ha muerto.
– Vale, doctor – dijo Dmitri.
El doctor salió de la estancia, Dmitri y la enfermera se acercaron a la cama y taparon al paciente con la sábana. Dmitri, empezó a empujar la cama a través del pasillo, la enfermera fue a llamar a su familia. Mientras Dmitri empujaba la cama por el pasillo. De repente, notó que el paciente movía el brazo.
– ¡Joder!.
Destapó la sábana, parándose en medio del pasillo. El paciente tenía los ojos cerrados y estaba quieto.
– Bueno, habrán sido imaginaciones mías – pensó.
Siguió avanzando por el frío pasillo.
– Debería pedir el día libre, necesito descansar – se dijo a sí mismo.
Pero, de nuevo, mientras avanzaba, notó que el paciente se movía. Destapó la sábana que lo cubría y horrorizado comprobó que los ojos del difunto se abrían, aunque estaban lívidos, sin vida. No tuvo tiempo de reaccionar: el hombre se levantó y se tiró encima suya.
– ¿Qué está haciendo? ¡Dios mío!
El hombre le mordió en el cuello y le arrancó un poco de carne provocando un chorro de sangre que se estampó en las paredes del pasillo. Los enfermeros que pasaban por allí, al verlo acudieron rápidamente, para ayudar a Dmitri. Todo sucedió muy rápido: el paciente  reaccionó como movido de un instinto animal,  se levantó, anduvo lentamente y se tiró encima de otro enfermero que venía a socorrer a Dmitri, mordiéndolo también.
Dmitri murió, pero transcurrido un tiempo se levantó y se convirtió en un No Muerto más.

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Publicado el junio 19, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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