Archivos Mensuales: junio 2012

Capítulo 4

Nudos

Me desperté en un cuarto, a oscuras. Estaba sentado en una silla, atado a ella por los pies y los brazos, puestos en mi espalda, atados. La boca la tenía tapada por esparadrapo, me impedía hablar y las ataduras impedían que me moviera.
No sabía cómo había llegado allí, sólo sabía que algo me atravesaba el la parte superior de mi cuerpo y me desvanecía nada más recibirlo. Después oí voces y me movieron.
Noté que me dolía el pecho, la camiseta se estaba empapando de un fluido. Entonces, descubrí que era sangre. Seguramente, lo que me atravesó fue una bala.
¿Quién lo habría hecho? ¿Por qué? ¿Qué le habría pasado a Fred? No sabía la respuesta para esas preguntas pero sabía que pronto lo haría.
Intenté desatarme de aquellas ataduras, pero comprendí que era imposible.
De repente, escuché pasos fuera del cuarto dónde estaba. Oí voces. Cada vez estaban más cerca.
Una puerta se abrió y la luz que provenía de ella me cegó. Pude ver que varias figuras entraban en la habitación. Encendieron la luz del cuarto y tras varios segundos me adapté a la cegadora luz.
Vi que un hombre, rubio, bajito y delgado, se acercaba a mí, sostenía un cuchillo en su mano derecha.
– Hola – me dijo – ¿Cómo estás?
Me moví para quitarme de aquella silla pero no conseguí nada.
– Bien, ¿no?
El hombre apretó con fuerzas la navaja.
– Sabes, hace mucho tiempo que no encontramos comida, estamos hambrientos, sabrás que si no encontramos comida moriríamos, ¿no?
El hombre tenía acento ruso. Hizo una breve pausa y miró a sus compañeros que estaban detrás mirándole. Seguramente, él sería el jefe.
– Sí, lo sabrás. Sin comida moriríamos.
Me moví otra vez.
– Pero mis amigos y yo hemos encontrado una manera para solucionarlo. Puede que te parezca y un poco brusca, pero si te digo la verdad nos gusta mucho esa alimentación. ¿Sabes cuál es?
Me quedé mirando al pequeño ruso.
– No. Pues comemos… humanos. Tú y tu amigo seréis nuestra comida.
No pude cómo esos hombres podían comerse a los de su misma raza, humanos.
– Vamos a ver, por dónde empezamos. Por ti y por el grandote.
El ruso me señaló algo a mi izquierda. Giré la cabeza y pude ver que allí estaba Fred. Atado cómo yo. El militar tenía varias heridas en la cara, seguramente no podrían haber conseguido desmayarlo con una sola bala, tuvieron que pegarle para traerlo aquí. Fred miraba al ruso, este le devolvió la mirada.
– ¿Cómo lo hacemos para elegir? ¿Tú primero? ¿Tu amigo primero?
Entonces el ruso sacó una moneda de su bolsillo.
– Cara ,tú, cruz ,el grandote. ¿Vale? Al que lo toqué su parte de la moneda será el primero.
El ruso se rió y lanzó la moneda al aire. Para mí ese segundo pasó lentamente, pude ver la cara del ruso, que se preparaba para sacrificar a su siguiente víctima. Las caras de sus amigos vislumbraban alegría. Y pude ver la cara del militar que miraba la trayectoria de la moneda al girar.
“¿Podría tener miedo Fred?” me pregunté.
Yo sí lo tenía, de todas maneras moriría en poco tiempo.
La moneda cayó en la mano del ruso y la vió. Sonrió una vez más y vi en ella satisfacción.
– Cruz…

Capítulo 3

La escapada

– ¿Preparado? – me dijo Fred – ¡Lánzalo!
Empecé a darle vueltas al juguete, era un mono, con unos platillos y detrás suya estaba el mecanismo para que funcionara.
– Venga.
Dejé de darle vueltas a la cuerda y lo lancé a la calle, con todas las fuerzas que tuve.
Oímos el impacto del juguete. Los cadáveres dejaron de golpear la valla que nos separaba de ellos, y fueron a el juguete. Podíamos oír el sonido de los platillos al golpearse entre sí, ese sonido atraía a los No Muertos, pero no dudaría mucho tiempo.
– Coge el revólver, Jason…
Hubo una breve pausa, escuché las pisadas lentas de los No Muertos, arrastrándose hacia el objeto.
– Espera – me susurró -, espera…
Tras otra pausa.
– ¡Ya!
El militar abrió la puerta que daba a la calle. Al salir, vi que más de un centenar de No Muertos iban hacia el objeto, se sentían atraídos por cualquier sonido, sea cual sea.
Es una norma básica para sobrevivir en este mundo, es imprescindible.
De repente, un zombi levantó el juguete y lo tiró al suelo. El sonido desapareció, los No Muertos se quedaron mirando el objeto. Y alzaron la cabeza y allí estábamos nosotros. Empezaron a andar lentamente mientras nosotros corríamos lo más rápido que podíamos.
Entonces un zombi se cruzó en el camino del militar, este al verlo sacó de su bolsillo una navaja y con una rapidez increíble, el cuchillo atravesó el lóbulo frontal de la criatura.
– Y ahora que, creo que no voy a poder diagnosticarle, doctor… – dijo Jason, mientras se reía.
El zombi se desplomó tras recibir el tajo. Fred se agachó para quitar la navaja del cráneo de aquel hombre, al parecer, por su vestimenta, fue doctor, y por su placa se llamaba John, Doctor John Fox. Podría tener, arriesgadamente, unos 50 años, era un tipo canoso y robusto. Sus ojos eran blancos, no había ni el menor indicio de cómo habían sido antes de morir. La boca del doctor estaba totalmente descuartizada, de ella sólo fluía sangre.
El militar se levantó sonriendo y me dijo.
– Jason, me encanta matar zombis.
Por su carácter, estaba muy contento, como había dicho antes, matar No Muertos era un hobby para él. Sentiría placer. Yo en cambio, sentía repugnancia hacía los cadáveres andantes, para mí no era una diversión, era una tarea para sobrevivir, era la supervivencia en este nuevo mundo, si no matas mueres, es otra regla.
– Venga, tenemos que llegar al campamento antes de que anochezca – le dije – no quiero estar de noche en peligro.
Seguramente el militar me hubiera contestado:
– Pues a mí no me importa si nos quedamos de noche en otro sitio, mientras pueda matar zombis…
Pero no lo hizo. Muy raro por su parte. Entonces le miré, estaba matando a lo que quedaba de un zombi. Se arrastraba y le faltaban las piernas, tenía medio cuerpo. Podían verse sus intestinos, que se arrastraban, dejando las marcas de sangre en el pavimento de la calle. El militar estaba aniquilándola, le estaba clavando la navaja en el cráneo.
Me paré para observarle.
– ¡Fred! – le grité.
El militar me miró y se levantó corriendo hacia mí.
– Disfruto haciéndolo – me dijo.
Seguimos corriendo. A nuestras espaldas, nos seguían más de dos centenares de No Muertos, estaban ansiosos por comernos y si nos cogían terminarían con nosotros en poco tiempo.
– ¿Y si subimos a un coche? – le pregunté, mientras corríamos – ¿Eh?
– ¿Estás cansado?
– Sí, lo est…
De repente, noté que algo me atravesaba el pecho, me desvanecí  enseguida y sentí que alguien me arrastraba…

Capítulo 1

Encerrado

No estaba muy seguro de cómo había llegado a aquella situación, pero me debatía entre la vida y la muerte. Estaba acostumbrado a esos ámbitos, muertos rodeándome, gimiendo y golpeando con fuerza las paredes que se interponían entre mí y los monstruos, pero siempre había una salida. Ahora no había ninguna. Pensé que si moría podría volver a verla a ella y a mis padres, pero no vería jamás a mi hijo. Y además morir a manos de los No Muertos no me hacía ni pizca de gracia. Preferiría suicidarme ante con el revólver,  que sufrir una lenta agonía, mientras los cadáveres saboreaban mis huesos y se comían mis intestinos. ¡Qué asco!

Estaba sentado, a oscuras en aquella estancia, rodeado por una insufrible humedad, el miedo me encogía el corazón y parecía que iba a pararse de un momento a otro. Todo ello no era ni más ni menos que un miedo terrible hacia aquellas criaturas que estaban al otro lado de la estancia, tal vez oliéndome y saboreando el codiciado bocado. Por suerte, aún no me habían localizado, pero yo sabía que me intuían y que yo era su presa. 
Sólo se oían las pisadas de las criaturas andando lentamente, con sus andares pegajosos y sobre todo, se percibía una avalancha de gemidos crispados, que parecían provenir de las profundidades del infierno. Noté cómo la nariz me picaba, sabía que iba a estornudar irremediablemente (¡Horror!), me tapé la boca con la mano, -congelada como un copo de nieve-, para no atraer a las criaturas, pero fue en vano: estornudé y fue  como un ruido atronador en el más absoluto silencio. Entonces, todo quedó en silencio, las pisadas pararon y los gemidos eran aún más fuertes. Reiniciaron los pegajosos pasos. ¡Dios mío!, No quería estar allí, suponía que me quedaba poco tiempo de vida y ya no podía disfrutarlo.
Cogí el revólver del frío suelo, lo levanté y lo posé en mi sien como quien espera el último minuto de vida. Se me escapó una lágrima, no sé por qué: ¿fruto del miedo?, ¿temor al suicidio?, ¿desolación por no ver a mi hijo?  o ¿triste alegría, por ver a mis seres queridos?….. no sé. Cargué el revolver niquelado con cañón de seis pulgadas. Vi cómo  mi fin estaba cada vez más cerca. De repente, los cadáveres empezaron a golpear la puerta y tenía la sensación de que iba a caerse enseguida. Apreté con fuerza el revólver. Dicen que la vida pasa en un segundo antes de morir, pero a mí, no me ocurrió eso, y vi las cosas más horrorosas que me habían sucedido últimamente:  un cadáver llevándose a mi esposa o la muerte de mi familia y de todos mis amigos. Entonces, una voz me sacó de ese trance. Se mezcló entre los susurros horrendos de los No Muertos. Era una voz grave, que parecía haber tragado mucho alcohol y haber fumado mucho. No sé por qué, pero esa voz me resultó familiar.
Los porrazos cesaron y entonces escuché otros golpes. Se oyeron cuerpos huecos cayendo al suelo. Un silencio atroz y horroroso se impuso. Pensé en lo que podría estar pasando fuera. ¿Habría alguien destrozando  cráneos de criaturas?…..
Dejé el arma en el suelo y me levanté rápidamente. Pensé que iba a sacarme de allí y salvarme. Me levanté a duras penas, y me acerqué a la puerta metálica, los zombis habían dejado de golpear la puerta e iban a por su presa, el desconocido que había venido en mi ayuda.
Puse la oreja en la puerta, quería oír lo que estaba pasando en la habitación contigua. Todo estaba en un silencio sepulcral. Entonces, escuché el silbido de un hacha, algo cayó al suelo. ¿Qué estaría pasando fuera? ¿Habría muerto el hombre? ¿Habría sobrevivido?
Me preparé para otro hachazo más, pero todo siguió en calma. De repente, se oyó el pestillo. Me temí lo peor, los zombis habían abierto la puerta, no sé cómo, pero no me lo podía creer. Retrasé mi posición y mi senté en el suelo, me acurruqué con las rodillas dobladas y con la cabeza dentro de ellas.
Entonces, el hombre habría muerto, y yo también lo haría. Se me pusieron los pelos como escarpias de la tensión acumulada y sobretodo de un miedo producido porque iba a morir.
El pomo de la puerta metálica se giró suavemente, chirrió la puerta y entonces la luz que provenía de la habitación contigua me cegó, no pude ver más que la figura que se erguía frente a mí.
Me temía lo peor…

PRÓLOGO

El primer brote

Sergei Pozlov cogió la rampa de acceso al aparcamiento del hospital. Había pocos coches, ya que eran las ocho y cuarto de la mañana, era sábado; tanto los vagabundos y la gente que no trabajaba esos días, aún dormían y roncaban. Plozlov, metió su ticket en la máquina, está la analizó, y la sacó. El ruso, la cogió, y la puso en el asiento del copiloto. La barrera de seguridad se elevó y el Nissan Qashqai blanco aceleró y pasó bajo ella. Al pasar, la barrera bajó y esperó al siguiente coche.
Vivía en una ciudad cercana a Rusia, donde residía con su esposa, Olga, y con su hija, Tatiana, de tres años. Trabajaba en el hospital de Moscú como médico. La verdad sea dicha,  es que había tenido mucha suerte (lo sabía) al haber conseguido un puesto en unos de los hospitales más importantes de Rusia. Y sobre todo, había tenido suerte por haberlo conseguido sin ningún contacto o recomendación. Obtuvo su carrera con muy buena  calificación y por ello le habían ofrecido varios puestos en distintos hospitales, pero él  rechazó todas las ofertas y aceptó, sin creérselo, la plaza del hospital de Moscú.
En la entrevista, sin muchas esperanzas, respondió a todas y cada una de las preguntas, lo mejor que él pudo,y  para su sorpresa, lo eligieron y lo contrataron.
Por aquel entonces tenía 29 años, era un tipo simpático, honrado, agradable y un gran amante de su profesión.
Sergei giró a la derecha y bajó otra rampa con el coche. Tras llegar a la segunda planta subterránea, aparcó el Nissan, salió del coche, se dirigió hacia la puerta del personal del hospital y tocó un timbre.
Una voz salió de entre las rejillas.
– ¿Quién es? – preguntó Olga.
– Buenos días, Olga, soy Sergei. ¿Puede abrirme?
– Sí, doctor Pozlov.
La puerta se abrió y Sergei entró. Segundos después la puerta se cerró. Sergei se acercó y pulsó el botón del ascensor. El doctor esperó, hasta que se abrió. Entró y pulsó el botón de la segunda planta. La puerta se cerró. Pozlov, escuchó una melodía, de apenas tres notas, que se repetía constantemente. Era un piano y de fondo se percibía el sonido de un harpa.
“Otra vez la misma melodía”.
Cuando llegó a la segunda planta, se dirigió a su consulta. Avanzó por el pasillo parsimoniosamente, mientras escuchaba en su cabeza la misma melodía que había oído segundos antes en el ascensor. ¡Qué hastío!
Llegó a su consulta, se quitó la chaqueta de cuero marrón, la colgó en el perchero y se puso su bata blanca. Se sentó en su cómoda silla giratoria y cuando iba a encender el ordenador, llamaron a su puerta.
– ¿Quién es? – preguntó.
– Soy Dmitri, doctor, ¿Puedo pasar?
– Sí, claro.
Dmitri abrió la puerta.
– Sergei, hay un hombre muy grave, en la sala de urgencias, ha enfermado.
– ¿Qué le pasa? – preguntó Sergei, mientras lo contemplaba por detrás de sus lentes de cristal.
– No lo sabemos doctor, venga, por favor. Está muy grave.
Sergei se levantó rápidamente.
– Acompáñeme, señor.
Dmitri empezó a avanzar por el pasillo, detrás de él iba Pozlov.
– ¿Cuáles son sus síntomas?
Dmitri se limpió el sudor de la frente, con la manga de la camisa.
– Pues… el paciente tiene fiebre, vomita de vez en cuando, tiene hambre, sus capacidades motrices han desparecido, eh… no se comunica bien y tiene hemorragias en casi todas las partes de su cuerpo.
– ¿Cuánto tiempo lleva así?
– Cuando llegó dijo que se sentía mal…
El doctor, notó que en las palabras de Dmitri, había un tanto de miedo.
– Vale.
Los hombres abrieron la puerta. Dentro había una enfermera, al verlos entrar, se giró y les mostró un electrocardiograma que tenía en la mano.
– Dmitri, tengo malas noticias, mire, el paciente acaba de entrar en coma.
Dmitri observa el electrocardiograma.
– Es imposible – dijo Dmitri, que le devolvió el electrocardiograma.
– Ya sé que lo es Dmitri, no sé lo que le pasa a este hombre, Sergei, usted puede acercarse a él y observarle y decirnos que le pasa.
– Sí.
El doctor se acercó al paciente, era un hombre, de unos treinta y pocos años, rubio, corpulento y alto y efectivamente presentaba todos los síntomas expuestos anteriormente. Pero, había una cosa que el enfermero había obviado, sus manos se estaban volviendo de un color violeta y sus venas se volvían negras. Sergei le tomó el pulso en el cuello y también lo hizo también en la mano. Cuando terminó miró a sus compañeros, a Dmitri y a la enfermera.
– Ha muerto – dijo Sergei.
El doctor se incorporó y se acercó a ellos.
– Llamad a su familia y decirles que está muerto, también lleváoslos al depósito de cadáveres y que el forense le haga una autopsia para analizar de qué ha muerto.
– Vale, doctor – dijo Dmitri.
El doctor salió de la estancia, Dmitri y la enfermera se acercaron a la cama y taparon al paciente con la sábana. Dmitri, empezó a empujar la cama a través del pasillo, la enfermera fue a llamar a su familia. Mientras Dmitri empujaba la cama por el pasillo. De repente, notó que el paciente movía el brazo.
– ¡Joder!.
Destapó la sábana, parándose en medio del pasillo. El paciente tenía los ojos cerrados y estaba quieto.
– Bueno, habrán sido imaginaciones mías – pensó.
Siguió avanzando por el frío pasillo.
– Debería pedir el día libre, necesito descansar – se dijo a sí mismo.
Pero, de nuevo, mientras avanzaba, notó que el paciente se movía. Destapó la sábana que lo cubría y horrorizado comprobó que los ojos del difunto se abrían, aunque estaban lívidos, sin vida. No tuvo tiempo de reaccionar: el hombre se levantó y se tiró encima suya.
– ¿Qué está haciendo? ¡Dios mío!
El hombre le mordió en el cuello y le arrancó un poco de carne provocando un chorro de sangre que se estampó en las paredes del pasillo. Los enfermeros que pasaban por allí, al verlo acudieron rápidamente, para ayudar a Dmitri. Todo sucedió muy rápido: el paciente  reaccionó como movido de un instinto animal,  se levantó, anduvo lentamente y se tiró encima de otro enfermero que venía a socorrer a Dmitri, mordiéndolo también.
Dmitri murió, pero transcurrido un tiempo se levantó y se convirtió en un No Muerto más.

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